Cuestión de acentos

Cuando se vive en una sociedad donde se debe hablar en un segundo idioma, el acento es una valiosa herramienta para descubrirse a sí mismo.

En Canadá, país de inmigrantes, uno de los principales retos suele ser la adaptación al idioma. Más allá del desarrollo de habilidades para hablar, leer, o escribir en otra lengua, la adaptación se refiere a las implicaciones emocionales que tiene para una persona el tener que comunicarse con otros individuos en un entorno donde ella no habla su lengua materna y los otros sí. Para algunas personas, el tener un acento diferente puede generar incomodidades menores, como sentirse algo apenados cuando les piden repetir una frase. Para otras sin embargo, puede llegar a convertirse en una fuente de inseguridad y frustración, y en casos extremos, crear auténticas barreras de comunicación. 

No parece haber una respuesta única a interrogantes como qué tanto debe preocuparse una persona por su acento o hasta qué punto conviene realizar esfuerzos para mejorarlo. Hay quienes no se conforman hasta disminuir el acento a un nivel mínimo, mientras otros viven felices y despreocupados con su acento, incluso si éste es muy fuerte. En última instancia todo se reduce a la búsqueda del balance entre las expectativas de la persona respecto a su segunda lengua, y la forma cómo se ve a sí misma en la sociedad en la que vive. Es un componente importante de una búsqueda más grande que todo inmigrante hace: la búsqueda de su nueva identidad. 

Este punto es ilustrado de una forma muy interesante en una reflexión hecha por Lu Zhou, inmigrante proveniente de China, quien trabaja para el programa de radio "Metro Morning" de la cadena CBC en Toronto. Presentamos a continuación la traducción de su mensaje: 

"Cuando llegué a Canadá trabajé en un Call Centre en Halifax y allí aprendí que incluso entre los mismos canadienses hay diferentes acentos. Una persona que llamaba de Vancouver tenía un acento diferente a alguien de Halifax o Toronto, pero a todos se les podía reconocer claramente como canadienses. En ocasiones, al final de la llamada, la persona con quien estaba hablando me preguntaba, con cortesía por supuesto: "usted tiene un acento interesante, ¿de dónde es?". Ese fue el inicio de mi relación de amor y odio con mi acento. Sin importar la sutileza con que trajeran el tema a colación, me recordaban que yo no sonaba como uno de ellos. 

Cuando se busca "reducción de acento" en Google se encuentra fácilmente más de un millón de enlaces que ofrecen programas, tutorías, y clases para ayudar a mejorar, modificar, o incluso eliminar el acento. El mensaje es claro: un acento es indeseable. Pero yo nunca tomé un curso, principalmente porque desde que me mudé de Halifax a Toronto mi acento ya no me molestaba tanto. Aquí, en la ciudad de acentos, me sentía más a gusto. Comencé a trabajar de nuevo atendiendo llamadas, esta vez para el programa "Metro Morning", conociendo toda clase de acentos que se atribuyen a la gente en Toronto: un reconocido escritor de Jamaica, un inspirado empresario social de la India, un apasionado historiador de Italia, todos hablando inglés con un rastro del acento de sus países de origen. 

Comencé a sentir que mi acento chino también me hacía especial y original. Fue una revelación sentirme así, cambiando mi actitud respecto a mi acento. Y comencé a pensar cuánto tiempo, si es que era posible, tomaría deshacerme de él. ¿Era eso lo que realmente quería hacer? ¿Tomar lecciones de dicción y fonética? Preferiría estar disfrutando con mi hijo jugando con las hermosas hojas del otoño canadiense. Entiendo por qué algunas personas toman esas clases. Perder un acento marcado puede aumentar la autoconfianza, eliminar barreras en la carrera laboral, y mejorar la imagen personal. Pero ser canadiense también significa mezclar la identidad con esta nueva cultura. El día en que me convertí en ciudadana canadiense estaba sentada en la segunda fila de un salón lleno de futuros canadienses. Cada uno de ellos hablando con acento. Y la juez, hija de inmigrantes italianos, diciendo que entendía lo difícil que puede ser la travesía de la ciudadanía. Mis ojos se humedecieron con lágrimas, al igual que los de casi todos los que me rodeaban. Es una travesía difícil. Pero se hace más fácil no sólo cuando eres aceptado sino cuando te aceptas a ti mismo. 

He llegado a comprenderme a mí misma como canadiense. En este país tengo un acento. Es parte de mí, es parte de mi nueva identidad. Ahora, cuando alguno de mis corteses conciudadanos pregunta acerca de la interesante manera como hablo, respondo con mucha más facilidad, comodidad, y algo de orgullo. Ese es mi acento chino."

¿Qué tan importante le parece a usted que un inmigrante se preocupe por evitar tener un acento marcado? ¿Conoce técnicas para disminuir el acento? Comparta sus opiniones comentando esta nota.

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